Más ahora mis ojos te ven.

Lo tenía todo. Una familia numerosa, riquezas, sirvientes, amigos,  una esposa. Todo para considerar que su vida era bendecida. Lo más importante es que sobre todo lo que tenía, reconocía que había sido dado por Dios así que cuidaba tener un corazón agradecido. Pero, tener una vida íntegra no significa conocer a Dios;  vivir en rectitud, no significa haber tenido un encuentro con Dios. Así fue como lo descubrió Job y lo reconoció al decir: “De oídas te había oído, más ahora mis ojos te ven.”

Me imagino al enemigo paseando por la tierra, viendo como vive cada persona y de pronto se encuentra frente a Job. Lo observa, lo analiza, mira a su alrededor y se marcha. Entonces Dios lo ve y comienza una conversación:

-Dios:¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie en la tierra como él, que me sirva tan fielmente y viva una vida tan recta y sin tacha, cuidando de no hacer mal a nadie.

Hagamos una pausa, Job, un siervo de Dios, un hombre recto que buscaba hacer el bien y no hacerle mal a nadie ¿se atrevió 40 capítulos después a decir “De oídas te había oído, más ahora mis ojos te ven” ¿Qué está pasando? 

Muchas veces estamos en el camino que Dios tiene para nosotros y buscamos que cada acto en nuestra vida, honre a Dios, lo buscamos, lo adoramos y llevamos una vida íntegra pero aun así podría ser que realmente no hayamos tenido un encuentro con Dios.

La pregunta interesante que podríamos hacernos en el inicio de esta historia es ¿Por qué Dios puso en la mira del enemigo a un siervo recto e íntegro?

Todo lo que Job vivió tenía un propósito. ¿El objetivo principal? Dios había puesto su mirada sobre él, reconocía su corazón y la gratitud que mostraba en su vida, encontró en él a un siervo fiel.Pero lo más importante para Dios  era tener un encuentro personal con Job.

Un corazón anclado al amor de su Dios

Después de una serie de acontecimientos que no dejaron de oprimir la vida de Job, Dios encontró rectitud en él. Una persona que después de tenerlo todo, de saberse tranquilo, agradecido y bendecido de la noche a la mañana lo pierde todo y todavía se atreve a decir “aunque él me mate, en él esperaré”. Habla de un hombre que tenía su corazón anclado al amor de su Dios. Que su amor por él no dependía de lo que obtenía.

Finalmente, para llegar a un solo pedacito de esta gran lección, sería imposible no detenernos a reflexionar en la palabra que inspira este escrito.  “De oídas te había oído, más ahora mis ojos te ven.” Ahora mis ojos te ven. ¿Has pasado por un momento de pruebas? ¿has sentido que todo lo que pasa a tu alrededor parece conspirado para  hacerte tambalear? ¿Hoy podrías en medio de todo esos días decir que tus ojos han visto a Dios?

No permitas que el dolor te aleje de Dios, mira todo lo que Dios ha permitido para que tu relación con él pueda ser fortalecida y que sirvas a un Dios del que has oído pero ahora también has visto.

No dejes que solo te hablen de él, acércate aún en tu dolor y ve con tus propios ojos al Dios que ha puesto sus ojos en ti.